Pueblos de Latinoamérica impulsan una transición energética “desde abajo”
En territorios indígenas de México, comunidades aisladas de Argentina y barrios populares de Chile, vecinos y organizaciones locales construyen sus propias respuestas a la crisis energética. Son países tan distintos como similares porque comparten una misma lógica de fondo: la comunidad no es un destinatario pasivo de una política energética, sino el actor que la hace posible.
Por Gonzalo Ortuño (México), Judith Herrera (Chile) y Ramiro Barreiro (Argentina)
América Latina y el Caribe, de acuerdo con el centro de estudios Ember, generó el 65% de su electricidad a partir de fuentes limpias en 2025, una cifra superior a la media mundial que es de un 43%. Sin embargo, millones de personas en la región siguen sin acceso estable a la energía, o la pagan a un costo que representa una porción desproporcionada de sus ingresos.
La transición energética, entendida como el proceso mediante el cual las sociedades reemplazan progresivamente el uso de combustibles fósiles por fuentes de energía renovables, no es solo un cambio tecnológico, sino que implica también redefinir quién produce la energía, cómo se distribuye, quién accede a ella y a qué costo.
Según el informe “Estado de la Generación Distribuida Solar Fotovoltaica en América Latina y El Caribe” de la ONU, la generación distribuida —aquella que se produce cerca del punto de consumo, fuera de las grandes redes centralizadas— representa todavía una fracción menor de la matriz energética regional, pese a haber crecido de forma sostenida en los últimos años. La distribución sigue concentrada en los centros urbanos y en los corredores industriales, dejando a comunidades rurales, periféricas e indígenas al margen de un sistema pensado para otros.
El modelo centralizado que domina la conversación energética regional ha demostrado ser insuficiente para responder a estas desigualdades. Y mientras los gobiernos debaten políticas de largo plazo, hay comunidades en México, Argentina y Chile que ya no están esperando: están construyendo sus propias respuestas, trabajando codo a codo con autoridades y empresas, a menor escala, pero no menos empoderados.
Biodigestores en Chiapas: una alternativa en comunidades indígenas de México
Un esfuerzo liderado por comunidades indígenas y campesinas en diferentes regiones de Chiapas, al sur de México, busca implementar la transición energética desde abajo y adaptarla a las necesidades de los territorios mediante biodigestores —sistemas herméticos en donde la materia orgánica se descompone y forma biogás—.
En el caso de la Red de Biodigestores en Chiapas (BIO RED), este esquema no solo ha venido a cubrir una necesidad energética en una de las zonas más marginadas del país, sino que también está vinculada con la reducción del humo dentro de las cocinas, con la producción de biofertilizantes para cultivos y el fortalecimiento de mercados agroecológicos locales.
Si bien el biogás representa una pequeña parte del consumo total de bioenergía, está vinculado al reciclaje de nutrientes, al empleo rural, así como a menor recolección de leña en estos contextos.

Actualmente la Red de Biodigestores en Chiapas (BIO RED) opera en diferentes regiones del estado, al sur de México. Foto: BIO RED
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Incluso, cuenta Agustín Vázquez, coordinador general de la red de biodigestores, ha generado un impacto positivo en las personas de las comunidades que dependían en mayor medida de la quema de combustible para sus necesidades básicas.
“Analizamos el tema de las mujeres en Los Altos de Chiapas, en su mayoría padecen EPOC, enfermedad pulmonar crónica obstructiva, por la inhalación constante del humo a través de la quema de leña para cocción de alimentos. Instalamos el primer prototipo en la comunidad de Chilil, nos funcionó muy bien y se extendió a 10 familias”, explica el coordinador a Climate Tracker.
Actualmente, hay 52 sistemas operando en diferentes regiones del estado adaptados a las condiciones de cada familia.
“Cada familia se adapta a sus necesidades, hay quienes no tienen drenaje, por ejemplo, y canalizan sus desechos sanitarios también a estos biodigestores. No contaminan ríos, y obtienen gas para cocinar”, detalla.
El dirigente cuenta que tras un estudio socioeconómico se dieron cuenta que, al utilizar biogás, las familias usuarias eliminaron el 100% de consumo de gas licuado de petróleo y un 50% de la quema de leña. Además, los campesinos también implementaron el uso de biofertilizante para sus cultivos.
En Chiapas, la red insiste en diferenciarse mediante procesos organizativos colectivos que buscan fomentar la soberanía energética y alimentaria, más que la expansión industrial.
Pese a los beneficios, este tipo de iniciativas enfrentan retos importantes: como el financiamiento, la capacitación técnica y sostener el acompañamiento comunitario a lo largo del tiempo.

Los usuarios de la Red de Biodigestores están en su mayoría en comunidades campesinas e indígenas por lo que han aprovechado el uso de los biodigestores no solo como un acceso a la energía, sino también para mejorar sus cultivos y comercializar productos. Foto: BIO RED
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Desde Las Malvinas hasta Santa Fe: los pueblos que apuestan por la generación distribuida en Argentina
En Argentina existen 3.771 proyectos que completaron la instalación y se convirtieron en Usuarios-Generadores –como se le llama a quienes producen la energía que consumen con paneles solares y, en menor medida, microsistemas eólicos y biodigestores–-, aportando 119.248 kW a la red mediante un medidor bidireccional. Suficientes para abastecer unas 60.000 viviendas, de acuerdo a datos oficiales.
De esa potencia sólo 9.734 kW son producidos por 1.986 clientes residenciales, lo que equivale a una generación continua para hasta 3.200 casas en simultáneo.
Aunque aún se trate de un aporte marginal al total del sistema interconectado argentino (SISA), en el último año se sumaron 1.492 usuarios generadores, casi un 65% de crecimiento respecto a los 2.279 con que cerró el año anterior y, por potencia, en 2025 se agregaron 61.007 kW, casi un 105% más respecto de los 58.241 kW instalados al cierre de 2024.

Primera instalación realizada en el techo de una casa de Armstrong, en 2018, en el marco del primer programa Prosumidores. Foto: Gustavo Airasca
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“No perseguía el autoconsumo, sino el fomento a la generación renovable distribuida como un nuevo actor dentro del sistema eléctrico”, opina Jorge Chemes a Climate Tracker América Latina.
Chemes destaca que la nueva versión de Prosumidores reconoce el derecho a generar energía a partir de fuentes renovables, actualiza los procedimientos de conexión, amplía la participación de cooperativas y pymes, e introduce mecanismos de control y monitoreo digital, aunque “el espíritu social no solo sigue ausente, sino que la política provincial se desplaza cada vez más hacia el sector productivo y empresarial”.
Con todo, hoy la provincia de Santa Fe cuenta con más de 10 megawatt instalados en generación distribuida, y casi 2.000 usuarios conectados a la red bajo este régimen, que lidera, no a nivel de potencia, pero sí a nivel de cantidad de usuario, el ranking nacional.
El barrio que aprendió a consumir y ahorrar electricidad en Chile
Con más de 60 años de antigüedad, el Cité Echeverría, un barrio antiguo ubicado en el corazón de la comuna de Independencia, en Santiago, no solo vio renovada su fuente de electricidad: sus vecinos aprendieron algo que pocas veces llega a las zonas populares con tanta comprensión: qué es la eficiencia energética y cómo se practica dentro de las cuatro paredes del propio hogar.
No es un aprendizaje menor. En Chile, la pobreza energética afecta a una parte significativa de la población, especialmente en las comunas más vulnerables del Gran Santiago. Se trata de hogares que destinan una proporción significativa de sus ingresos a pagar cuentas de luz y calefacción, que conviven con instalaciones eléctricas obsoletas o directamente peligrosas, y que en invierno sufren del frío.
“Un hogar pobre energéticamente se expone a efectos negativos en la salud y bienestar de las personas, derivados de la contaminación extra e intradomiciliaria, bajas temperaturas al interior de la vivienda, y estrés”, advierte el artículo académico “Pobreza Energética. El acceso desigual a energía de calidad como barrera para el desarrollo en Chile”, elaborado por la Red de Pobreza Energética y la Universidad de Chile.
Los expertos coinciden en que de nada sirve producir energía renovable si los hogares la desperdician por instalaciones obsoletas, artefactos ineficientes o pérdidas térmicas que se pueden evitar.

Las escuelas solares de Renca es uno de los proyectos emblemáticos de la comuna. Crédito Comuna Energética).
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Aunque la conversación sobre transición energética suele ocurrir lejos de las comunidades que más la necesitan, dentro de ministerios, en empresas o en informes técnicos que pocas veces llegan a los vecinos, el programa Comuna Energética, impulsado por el Ministerio de Energía y ejecutado por la Agencia de Sostenibilidad Energética (AgenciaSE), parte de una premisa diferente: que la transición energética justa no se puede construir desde arriba hacia abajo, sino desde los territorios hacia afuera.
A partir de su creación, el programa ha logrado que 144 comunas de todo el país, desde Arica hasta Cabo de Hornos, en las 16 regiones de Chile, se adhieran a un modelo que pone a los municipios y sus comunidades en el centro de la planificación energética local.
¿Qué tienen en común estos modelos?
Los casos de la red de biodigestores en Chiapas, Ataliva, Armstrong, el Cité Echeverría y los parajes de La Rioja y Río Negro, tienen geografías y escalas distintas, pero en todos los casos, la participación activa de los vecinos no ha sido un complemento decorativo del proyecto, sino su condición de existencia. Sin ellos no hay organización, ni es posible llevar a cabo la idea.
La transición energética justa no siempre llega con grandes anuncios ni con inversiones millonarias. A veces llega con un fideicomiso vecinal, con un burlete en una ventana, con un biodigestor que tarda quince minutos al día en alimentarse y que garantiza que habrá gas para cocinar, aunque no haya dinero para el cilindro.
El objetivo de tener la energía generada en el punto más cercano a las necesidades de consumo es algo en lo que coinciden quienes asumen la generación distribuida como una oportunidad de universalizar el derecho a la energía con quienes solo buscan rentabilidad individual. Pero lo que distingue a los casos de este reportaje es que en todos ellos la energía se convirtió en algo más que un insumo: en un motivo para organizarse, para conocer al vecino, para aprender cómo funciona algo que siempre llegó desde lejos y sin explicaciones.
La pregunta que estos territorios le dejan a los gobiernos de la región no es si la transición energética comunitaria es posible. Ya está ocurriendo. La interrogante es si las políticas públicas serán capaces de ponerse a la altura de lo que las comunidades ya están haciendo.
Este artículo fue producido con el apoyo de Climate Tracker América Latina





